Por David Uriarte

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Cuando alguien reclama, increpa, insulta, agrede, señala, reconviene, o trata de evidenciar a alguien como inepto, tendenciosa, torpe, estulta, o incompetente, por decir lo menos, pasan dos cosas: o hay ignorancia, o hay mala fe. Contra la ignorancia sólo la educación, contra la mala fe, poco que hacer. Ya lo dijo Albert Einstein, “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

Cuando detrás de las palabras existe odio, resentimiento, o pobreza emocional, las acciones son el vestido de la identidad. Una identidad formada en el abandono, en la carencia, en la necesidad crónica de reconocimiento, o emergente en la coyuntura política, corre el riesgo de intoxicarse con la realidad, es decir, tiene representaciones psicológicas diferentes a la realidad que enfrenta o cabalga.

Tanto la ignorancia como la mala fe, tienen resultados parecidos, sin embargo, la mala fe tiene el ingrediente del dolo, es decir, hay intención de daño, mientras en la ignorancia se actúa por desconocimiento.

Lo peligroso se asoma cuando estas dos variables transitan juntas en la misma persona, tienen un efecto sinérgico en tanto la ignorancia quita la culpa y la mala fe inhibe la vergüenza.

En todas las comparecencias de los titulares de las secretarías y organismos públicos descentralizados, en todos los órdenes de gobierno, hay dos tipos de desfiles, los desfiles de modas y los desfiles de información.

Casi todo mundo busca su mejor ángulo, su mejor presentación personal, su mejor sonrisa, cuidan su imagen y proyectan lo que piensan que son o intentan ser, por otra parte, la capacidad de síntesis, la elocuencia en las palabras, y en el mejor de los casos, la evidencia de su dicho que pondrán los hechos y resultados de su acciones, programas y proyectos, es la esencia de la información.

Me tocó escuchar cómo un Diputado local más que preguntar o intervenir, confronta a la Directora de Instituto Sinaloense de las Mujeres, en franco desafió a la inteligencia, la lógica y el sentido común; arrastrando en su discurso un defecto congénito de las ideas, es decir, desde el momento de la expulsión de las palabras, ya esperaba o sabía el resultado. ¿Qué es eso?

 

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